Rada Tilly, Chubut 15-Oct-2019
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"LA VOZ DEL TECLADO" - COLUMNA DE OPINION

¿Y SI PARAMOS UN POQUITO LA PELOTA?

 ¿Y si paramos un poquito la pelota?

 

Nadie la baja de pecho y la pisa para hacer un toque suave hacia una casaca del mismo tono. Es todo fricción, rechazos, manotazos, una falta a destiempo, un insulto, otra protesta, de nuevo un grito, pero esta vez desde el banco de los suplentes, como si el técnico tuviera la razón después de ver tres repeticiones de VAR. Y lo único que tiene es su apreciación a más de 40 metros de una jugada puntual.

La pelota viaja de un lado a otro con gesto adusto, disconforme, en desacuerdo total con lo que le toca padecer en buena parte de los 90 minutos de juego. Bah, deben ser mucho menos de la mitad de los 90 los que realmente se juega, el resto es interrupción, reproches, esquizofrenia, desequilibrio emocional.

Los cinco sentidos al servicio de la intolerancia con el árbitro, el rival, el técnico adversario y hasta la piedra que hace picar mal a la desprotegida pelota.

La generación que todo lo pide y nada concede. Que quiere todo inmediato, el buen pase, el gol, la foto saltando a cabecear para el perfil de whatsapp, el videíto casual que captó el tiro libre a la red.

Son saturadamente demandantes, parecen pirañas de dientes afilados y ojos saltones. Ven el error enfrente. Creen que todos están confabulados para hacerles el mal, cuando se trata sólo de jugar mejor a la pelota.

Jugadores que responsabilizan a un árbitro por una jugada dudosa y no se percatan que recibieron 5 goles en un tiempo. Capacitados para evaluar la mala actuación de un árbitro pero incompetentes para hacerse cargo de sus limitaciones con el balón en los pies. Ellos, los árbitros, son los culpables y no, una defensa que les mira el número a los rivales cuando definen. Porque siempre la culpa es del otro, nunca de uno mismo. Por más que se entrene uno o dos días por semana porque hace frío o porque no hay que perderse un capítulo de “El Tigre Verón” o “El Marginal”.

Es más conductivo y notorio -para ellos- retirarse de un campo de juego en disconformidad con las reglas que impera en todo orden y no mirar hacia adentro y bucear en las anomalías que ellos mismos generan, con protestas, gestos descalificadores y muchísima falta de respeto. No a un árbitro o al rival, más grave aún: a la persona.

Técnicos que sospechan que hasta el viento está de acuerdo con el resto del universo sólo para perjudicarlos. Protestan un fuera de juego, una falta, un tiro de esquina, un lateral, una tarjeta amarilla. Se sienten omnipotentes cuando sus dirigidos ganan un partido, pero carentes de autocrítica por un mal cambio, un sistema erróneo o la escasez de trabajo previo para una jugada con balón detenido.

Árbitros que se auto califican como infalibles y son capaces de amonestar/expulsar por un exceso verbal y no por una falta descalificadora. Como si el daño hacia su investidura como juez deportivo fuera exorbitantemente más relevante que un tobillo maltrecho o una fisura en el peroné.

Dirigentes capaces de visitar el vestuario de los árbitros para recordarles el buen trato del que disfrutan hasta ese momento. O que envían a los agentes de policía a parar un partido porque hay dos hinchas visitantes que tienen el atrevimiento de gritar un gol.

Entonces, los culpables son otros. Nadie sirve para nada, excepto uno mismo. El técnico que se inmola para dirigir prácticas nocturnas, jugadores que se sacrifican para entrenar con un poco de frío, dirigentes que emplean horas de su tiempo para el club, árbitros que se cansan de releer las nuevas reglas. Todos se ven el ombligo. Pocos son capaces de ponerse en el lugar del otro, aunque sea un ratito.

Los derechos son propios, las obligaciones ajenas. Así vivimos en este futbol friccionado y de poco respeto por todo lo ajeno.

¿Y si paramos un poquito la pelota, muchachos?.

¿Y si nos juntamos en la Liga de Futbol o donde se elija?.

Digo, reunir a la cúpula del Comité Ejecutivo con presidentes de clubes, capitanes, entrenadores y árbitros para debatir y mejorar. Para que la evangelización futbolística y de buenos modales prenda en todos. Para que se convierta en bandera y batalle contra la intolerancia, contra la obstinación de creer que todo lo que está enfrente es enemigo y no rival ocasional.

El diagnóstico es severo. La corrección de todos los males será tan imposible de erradicar como suponer que todo se acomodará por la naturaleza divina.

En el afán de originar propuestas, planteo una charla superadora  entre todos los puntos neurálgicos de esta historia llamada futbol comodorense.

La detección del virus destructor está expuesta y es muy evidente. El antibiótico hay que elaborarlo entre todos, antes de que el diagnóstico se constituya en padecimiento terminal.

Alejandro Carrizo